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La Comunidad de la E.S.O. la forman los más pequeños del Seminario Menor, pues tienen 12 y 13 años. Son un grupo de 6 chavales que están estudiando 1º, 2º y 3º de la E.S.O.

Algunos de ellos llevan comienzan su segundo año en el Seminario… ¡y para otros, este es su primer año! En el Seminario conviven todo el día y comparten cada momento de la jornada desde diversos ámbitos.

Como amigos de Jesús, comienzan y acaban cada día con un momento de oración en la Capilla, en la que rezan para pedirle a Jesús que les ayude a descubrir poco a poco su vocación. Una vocación que quieren compartir cada día con María, madre de los seminaristas, a la que cada noche cantan antes de irse a descansar. Y es que también en el Seminario hay tiempo para cantar… Todos los seminaristas aprenden durante el curso a tocar instrumentos como la guitarra o el órgano. Ya dijo San Agustín: “quien canta reza dos veces”…
La vida de los seminaristas de la Comunidad de la E.S.O. está marcada por tres claves que son fundamentales para el buen funcionamiento del grupo. La Comunidad de la E.S.O. es una comunidad de compañeros, de amigos y de hermanos.

Como compañeros comparten un mismo espacio de estudio. Son compañeros de clase, estudian juntos y trabajan para ayudarse unos a otros. Ellos mismos se reparten las tareas comunes para cuidar las salas y que todo marche adecuadamente. Incluso se encargan de cuidar los animales que tienen, peces y canarios, o de tener regadas las plantas.

Como amigos comparten aficiones similares, juegan cada tarde al fútbol o al baloncesto, incluso forman un equipo de fútbol sala para competir en la Liga de Fútbol Sala Provincial. También sacan momentos para dialogar, para distraerse con el ping-pong, el billar, los dardos, el futbolín, juegos de mesa… Además realizan juntos diversos talleres, ven películas y disfrutan de momentos varios de tiempo libre.

Como hermanos comparten una misma fe en Cristo, formando grupos de catequesis, hablando con el Padre Espiritual habitualmente, participando cada día en la celebración de la Eucaristía, y creciendo como cristianos dando respuestas “a los interrogantes propios de su edad, cuestionándose, como San Pablo: “¿qué quieres que haga? (Hch. 22,10); dispuestos a decir como María: “hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1,38); pero con la sencillez de Jeremías, “mira que soy como un niño que no sabe hablar” (Jr 1,6).