Site Loader

En esta entrevista, Diego Plana Campos, que será ordenado sacerdote el 18 de abril, habla de cómo vive la llamada de Dios, el camino recorrido en el seminario y el deseo de entregarse como pastor según el corazón de Cristo.

El 18 de abril recibirás la ordenación sacerdotal en la catedral. ¿Cómo estás viviendo interiormente estas semanas previas?

Con muchísima ilusión. Estos días estoy procurando prepararme bien para recibir el sacramento del Orden en el grado del presbiterado, tanto por fuera como por dentro. Son semanas intensas, también de oración y de agradecer todo lo vivido. Tengo muchas ganas de cumplir ese deseo que Dios puso en mi corazón hace tantos años: ser instrumento suyo en el mundo. A la vez, soy consciente de que ahora todo empieza y de que cuento con su ayuda y protección.

Si tuvieras que poner nombre a lo que sientes ahora mismo, ¿qué pesa más: gratitud, vértigo, alegría, responsabilidad, paz…?

Sobre todo, gratitud y alegría. Gratitud porque “Dios ha estado muy grande conmigo”, regalándome sin merecerlo este don y poniéndome a tantas personas en el camino en momentos muy concretos. Y también alegría por saberme querido, amado y elegido por Él, y por poder responder con libertad. Decirle que sí es, para mí, una fuente de alegría muy profunda.

¿Hay alguna palabra del Evangelio, una oración o una imagen que esté acompañando especialmente este momento?

La imagen del Buen Pastor. Jesús es el Buen Pastor, que conoce, guía y ama a sus ovejas, que no las abandona. Yo quiero ser un pastor según su corazón, cuidar a las personas que me confíe, con cercanía y entrega, siguiendo su ejemplo.

Mirando hacia atrás, ¿en qué momento comenzaste a intuir que el Señor te llamaba al sacerdocio?

Desde que tenía unos ocho años, cuando empecé a interesarme por la vida de Jesús y a tratar más de cerca a mi párroco. Recuerdo que me llamaba la atención su forma de vivir y de estar con la gente. Viendo su entrega, se fue despertando en mí el deseo de algo parecido. El Señor se sirvió de personas concretas, enamoradas de Él, para encender en mi corazón esa inquietud que con el tiempo fue creciendo.

En la vocación hay luces y dudas. ¿Cuáles han sido las principales pruebas o preguntas de tu camino?

Como en todo camino, han aparecido dudas y momentos de desánimo. Hay etapas en las que uno se pregunta si está en el sitio adecuado o si sabrá responder. En esos momentos me ha ayudado mucho apoyarme en personas con experiencia, escuchar su consejo y no tomar decisiones precipitadas. Sobre todo, aprender a confiar en Dios y a dar tiempo sin querer adelantar procesos.

¿Qué has descubierto de Dios y de ti mismo durante los años de seminario?

He ido descubriendo que Dios trabaja poco a poco, con paciencia y respeto. Desde que entré al seminario hasta hoy sigo siendo yo, pero también he cambiado: interiormente he ido creciendo, alcanzando mayor madurez y un conocimiento más profundo de mí mismo. También he visto mis límites, pero junto a ellos, cómo Él sostiene y capacita. Es un proceso lento, como la semilla de mostaza, que crece casi sin que uno se dé cuenta.

¿Qué crees que necesita escuchar hoy un joven que se plantea su vocación, pero tiene miedo?

Que Dios nunca se deja ganar en generosidad. Si llama, merece la pena dar el paso. El miedo paraliza, pero cuando uno se fía de verdad, descubre una alegría que no esperaba. Muchas veces el paso cuesta, pero después se ve claro que Dios no quita nada, sino que lo da todo y llena la vida de sentido.

En tu ordenación de diácono el obispo dijo que el testimonio de una vocación interpela a otros jóvenes. ¿Sientes esa responsabilidad?

Sí. Al final, ver a alguien feliz en su vocación hace pensar. A mí me pasó también al ver a otros que vivían su entrega con alegría. Por eso creo que un testimonio sencillo, cercano y alegre puede ayudar a que otro se pregunte qué quiere Dios de él, sin necesidad de grandes discursos.

¿Qué le dirías hoy al Diego que comenzó este camino hace años?

Le diría que se fíe, merece la pena. Entonces no sabía lo que venía ni cómo sería el camino, pero hoy puedo decir que nunca me he sentido solo ni defraudado. He visto muchas veces la mano de Dios, también en momentos concretos de dificultad o de incertidumbre. Por eso, arriesgarse vale la pena: puedes ganarlo todo sin perder nada.

¿Qué le dirás en silencio al Señor el día de tu ordenación?

Le pediré que me haga fiel y que sostenga esa fidelidad cada día. Que no me acostumbre nunca a ser sacerdote, que no lo viva de manera rutinaria, sino con entrega. Que viva con sencillez, con obediencia, y con el corazón puesto en Él y en los demás. Me impresiona mucho ver sacerdotes que llevan tantos años siendo fieles; ojalá pueda recorrer ese mismo camino.

¿Qué oración te gustaría que hiciera por ti la diócesis en estos días?

Me gustaría que rezaran por mí, confiándome a la Santísima Virgen, especialmente con el rosario o algún avemaría, por mi ministerio sacerdotal. He puesto todo mi sacerdocio en sus manos; me he confiado a ella como a una madre y sé que siempre encontraré refugio bajo su manto. En los momentos importantes siempre he acudido a ella. Nadie mejor que María puede ayudarme a amar más a Jesús y a vivir mi vocación con entrega.

Post Author: seminariocr