El 8 de diciembre, en la Inmaculada, celebramos este año el Día del Seminario. Además, este curso el obispo nos invita a la «reflexión y vivencia de la vocación de todos, laicos, religiosos y sacerdotes». Hablamos con el actual rector de Seminario, Manuel Pérez Tendero. Ligado a la pastoral vocacional desde el comienzo de su sacerdocio, hace 28 años, es rector del Seminario desde el año 2017. Licenciado en Sagrada Escritura por el Pontificio Instituto Bíblico, es además profesor del Seminario y del Instituto Diocesano de Teología.



En primer lugar, ¿cómo son los números de seminaristas este curso?

Este año tenemos un doble «grupo apostólico»: hay doce alumnos en el Seminario Menor y doce alumnos del Seminario Mayor viviendo aquí, más cuatro alumnos que están en el Año de Pastoral. En total, tenemos 12 alumnos en el Menor y 16 en el Mayor.

Ha habido años, en el siglo pasado, en los que no se ordenó nadie, ¿de verdad es tan grave la situación hoy en día? ¿Hay un número ideal?

Creo que la situación es grave, en primer lugar, en sí misma: faltan sacerdotes para atender nuestras parroquias y para evangelizar nuestra tierra; pero, además, la situación es más grave porque creo que esta crisis de vocaciones es signo de una crisis más profunda: de fe, de pastoral, de evangelización, de libertad.

En nuestra diócesis, el Seminario Menor sigue siendo la barca que «pesca» más sacerdotes, ¿ocurre lo mismo en el resto de España?

En la mayoría de las diócesis no existe Seminario Menor. En otras, lo están intentando reflotar, con mucho esfuerzo. En otros lugares, se va abriendo paso una nueva modalidad: seminaristas que viven en casa y se forman en el Seminario cada quince días.
Dios llama cuando quiere; pero la infancia y la adolescencia son momentos importantes de interrogante humano y de búsqueda de fe.

«Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres…» Si la llamada siempre es de Dios, ¿dónde radica, a su parecer, la falta de vocaciones? ¿Dios no llama? ¿Llama menos? ¿No se le escucha?

La respuesta es compleja; quien intente simplicar el tema, creo que se equivoca.

Por un lado, está la libertad del sujeto, o más bien la falta de libertad: desde el joven rico hasta hoy tenemos muchos casos de gente buena que se aleja de Jesús porque no quiere dejar sus «riquezas», no quieren renunciar a nada.

Por otro lado, está la labor de los sembradores: una tierra no produce fruto, aunque sea buena, si no se siembra en ella. Es más, si se siembra cebada, no crece trigo: si en las comunidades y en las familias no sembramos nada, o sembramos algo que no sea la Palabra, la vocación no puede germinar.

Creo que también influye el ambiente, social y eclesial: la falta de fe y de práctica religiosa, el ritmo de vida, también en la pastoral, la cultura del bienestar y lo fácil, la superficialidad, también en lo religioso, la división dentro de la Iglesia…

Por fin, quiero creer que también influye Dios: él no ha dejado de la mano a su Iglesia. Deberemos preguntarnos qué quiere decirnos Dios, dónde quiere conducirnos. El discernimiento es fundamental, también en la pastoral vocacional.

En esta tensión entre la elección y la respuesta, tenemos en nuestra diócesis el ejemplo de san Juan de Ávila. No solo respondió, sino que, ante la falta de Seminario, se construyó uno él mismo…

San Juan de Ávila es un ejemplo a seguir en muchas cosas: en santidad de vida, en entrega a los demás, en preocupación por la formación de los futuros sacerdotes… Él creía que, para reformar la Iglesia, había que empezar por los sacerdotes.

Su gran preocupación no fue tanto el número de sacerdotes, sino su preparación, la «verdad sacerdotal» con que vivían su ministerio. También algún santo Padre interpreta desde aquí los «pocos obreros»: los que hay no acaban de ser obreros, no acaban de trabajar bien en la mies.

Creo que la «pastoral vocacional» tiene que tener como destinatarios también a los mismos sacerdotes. Vivir el ministerio «con vocación», con unción, es una clave esencial para el bien de la Iglesia y de las futuras vocaciones.

El próximo 8 de diciembre, en la Inmaculada, celebraremos el Día del Seminario, ¿cómo nos preparamos para esta celebración?

Creo que podríamos concretar en cuatro direcciones:

  • Rezar intensamente, de forma individual y comunitaria: por nuestros sacerdotes, por nuestros seminaristas y para pedir nuevas vocaciones.
  • Realizar alguna catequesis sobre la vocación sacerdotal, sobre el Seminario: a los niños, a los jóvenes, a las familias, a los adultos.
  • Colaborar económicamente, poniendo «corazón» en esta aportación.
  • Fomentar la vocación concreta, quizá invitando a algún niño o joven a que se plantee una posible vocación al sacerdocio, una posible entrada al Seminario.